A partir de Borges: ¿qué es la poesía?

¿Qué es poesía?, dices mientras clavas

en mi pupila tu pupila azul.

¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?

Poesía… eres tú.

Rima XXI, Gustavo Adolfo Bécquer

Por: Damary Santos Francisco

¿Qué es poesía y para qué sirve? Seguro que muchos tienen una idea, aunque sea remota, puesto que, en esencia,  la poesía es inherente a la condición humana; está en cada entorno  donde se generen  emociones y pensamientos.  Cada circunstancia es, potencialmente, poesía. Mientras hay quienes no la identifican, otros la intuyen, la presienten, la perciben… o la manifiestan. Independientemente de las reacciones que cause, la poesía está en todas partes.  ¿De qué manera ocurre esta omnipresencia poética? Dilucidemos la cuestión a partir de las concepciones de Jorge Luis Borges (1899-1986), escritor y erudito argentino, considerado una de las figuras literarias más destacadas del siglo XX, quien reflexiona sobre la definición de este género en la conferencia ‘¿Qué es la poesía?’ (1977).

La poesía es lenguaje. Borges secunda los postulados filosóficos de Croce, que definen al lenguaje como expresión y, por tanto, un fenómeno estético. Esto es atendiendo a su sonoridad, sus facultades descriptivas,  evocadoras, creacionales, a su origen inventivo.

“El lenguaje es una creación estética. Creo que no hay ninguna duda de ello, y una prueba es que cuando estudiamos un idioma, cuando estamos obligados a ver las palabras de cerca, las sentimos hermosas o no. Al estudiar un idioma, uno ve las palabras con lupa, piensa esta palabra es fea, ésta es linda, ésta es pesada…”.

Además, el escritor entiende que el lenguaje no está compelido a sujetarse  a la realidad. Si entendemos que estamos hechos de palabras, que todo cuanto concebimos ha sido construido a partir de los vocablos, entonces esas mismas expresiones son capaces de transformar y trascender la realidad, y esto es lo que ocurre con la poesía.  

“Erróneamente, se supone que el lenguaje corresponde a la realidad, a esa cosa tan misteriosa que llamamos realidad. La verdad es que el lenguaje es otra cosa”

¿Qué otra cosa es? Borges lo ilustra con los versos de Carducci.

“Tomemos el famoso verso de Carducci «el silencio verde de los campos». Podemos pensar que se trata de un error, que Carducci ha cambiado el sitio del epíteto; debió haber escrito «el silencio de los verdes campos». Astuta o retóricamente lo mudó y habló del verde silencio de los campos. Vayamos a la percepción de la realidad. ¿Qué es nuestra percepción? Sentimos varias cosas a un tiempo. (La palabra cosa es demasiado sustantiva, quizá). Sentimos el campo, la vasta presencia del campo, sentimos el verdor y el silencio. Ya el hecho de que haya una palabra para silencio es una creación estética. Porque silencio se aplicó a personas, una persona está silenciosa o una campaña está silenciosa. Aplicar «silencio» a la circunstancia de que no haya ruido en el campo, ya es una operación estética, que sin duda fue audaz en su tiempo. Cuando Carducci dice «el silencio verde de los campos» está diciendo algo que está tan cerca y tan lejos de la realidad inmediata como si dijera «el silencio de los verdes campos»”.

En este punto cabe mencionar que –según Borges– no todos poseen la facultad de sentir la poesía, es por ello que algunos se dedican a enseñarla y otros a escribirla. Aunque no cabe duda, dadas las características comentadas, que es sumamente propicio desarrollar la sensibilidad poética, ya sea produciendo o consumiendo sus bondades; es un recurso valioso para el desarrollo integral.

La poesía es expresión textual, consecuentemente, dinámica. El significado poético es cambiante, rico en ambigüedad; premisa que parte desde la aseveración de Heráclito: “todo fluye, todo cambia”  –explica el escritor–. No obstante, las características atribuidas al arte poético carecen de efecto hasta entrar contacto con las impresiones del lector.

“…la poesía es el encuentro del lector con el libro… el descubrimiento del libro…”.

Borges refiere el símil de Emerson que compara la biblioteca con un gabinete mágico, en el cual hay muchos espíritus hechizados y esos espíritus despiertan cuando los llamamos. Mientras no se produzca este encuentro escrito-lector, los libros no son más que volúmenes de volúmenes, pero cuando el libro encuentra a su lector es cuando ocurre el hecho estético. Es así como el despliegue poético y sus efectos cobran vida al ser expuestos a las impresiones de la percepción y del pensamiento. Y hablamos de efectos dinámicos, que evolucionan de acuerdo al individuo, su entorno, su época.

La poesía es descubrir, no inventar o crear, y ese descubrimiento viene dado por recordar a través de sus versos. ¿Por qué es un recuerdo? Borges explica:

“…ya todo está, pero tenemos que verlo. Cuando yo escribo algo, yo tengo la sensación de que todo eso preexiste […]  pero no tengo la sensación de inventarlas, las cosas, no tengo la sensación de que dependen de mi arbitrio. Las cosas son así […] pero están escondidas […]. Uno de los efectos de la poesía debe ser el darnos la sensación, no de encontrar algo nuevo, sino de recordar algo olvidado […]. Cuando leemos un buen poema pensamos que también nosotros pudimos haberlo escrito”.

Los versos generan, pues, sensación de preexistencia. En cada palabra, en cada expresión hay un mundo precedente, y tanto el escritor como el lector reencarnan en esa inmortalidad semántica.

Las concepciones anteriores surgen a partir de la definición platónica de la poesía: esa cosa liviana, alada y sagrada”. Borges entiende que esta interpretación es más atribuible a la música, pero concluye que la poesía es, también, otra manifestación musical.

La experiencia estética que genera la poesía es particular y única. Y esto implica que en la enseñanza de la misma prime el goce y el disfrute por encima de objetivos académicos. Como docente, Borges consideraba pertinente prescindir de la historia subyacente en las producciones poéticas y centrarse en el contenido original. Lo primero puede aportar placer intelectual, pero el de la poesía es otro tipo de placer, es el de la belleza, de manera que es preciso  guiarse por el efecto particular que provoque su lectura.

“… la idea de lectura obligatoria es una idea absurda, tanto valdría hablar de felicidad obligatoria…”

Algunas de las concepciones antes emitidas podrían resultar tan etéreas como la misma poesía. Y es que, como el mismo Borges señala: el hecho estético solo puede ser percibido, no definido.

Partiendo de las observaciones borgerianas, es propicio afirmar que la poesía es, también, discurso. El discurso poético forma parte de la cotidianidad social e interrelacionar,  ya sea de manera implícita o explícita; la consciencia de éste contribuye a reinterpretar nuestra percepción del entorno y del mundo, a través del efecto poético.

El punto anterior se relaciona con las distintas funciones de la lengua; su incidencia en la psique, el pensamiento, la conducta o la actitud. El efecto poético incide en  circunstancias particulares, expande el universo lingüístico y, con ello, la capacidad perceptiva.

Resumimos, entonces, que la poesía es lenguaje, experiencia estética evolutiva que activa sus efectos al entrar en contacto con la mente del lector. A consecuencia de esto la poesía es,  además, discurso transformador de las percepciones sociales e individuales. Pese a su utilidad, la poesía no está hecha para normativas academicistas, pues se trata de un descubrimiento existencial personal y voluntario.

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