Imagina que alguien pone ante ti un alimento muy apetecible que aún no has probado. Se ve bien, huele muy bien… ¡y tienes hambre! Déjame adivinar: seguro que ya estás salivando como el perro de Pávlov; no puedes esperar a comerlo. 

Pero, hay un problema. La persona que te lo presenta tiene condiciones para que puedas degustarlo. Primero, debes conocer todas las propiedades del alimento; su porcentaje de proteínas, carbohidratos, grasas… Además, es indispensable que conozcas las normas protocolares para sentarte a la mesa e ingerirlo: si se come con cuchara o con cubierto, cuántas veces debes masticarlo, y cosas por el estilo… Ah, y, si al probarlo resultara que no te gusta tanto ese alimento en particular, o explicas que quizás te gustaría, pero modificando un poco los ingredientes, entonces  se te objeta tal observación acusándote de irreverente e inadaptado; si no eres capaz de disfrutar el menú preparado por expertos, entonces es que, definitivamente, tienes un problema.

Sí, sé lo que estás pensando: ya ni siquiera se ve tan bueno el dichoso plato; se te fue el hambre. 

Algo parecido ocurre con la manera en que se enseña literatura en muchas escuelas. Sabemos que se trata de una materia de gran atractivo y beneficio; entre sus múltiples bondades están el abanico de emociones que suscita, la riqueza cognitiva que implica, el universo experiencial que sugiere. Obviamente, sería un desperdicio atroz el no aprovechar ese potencial utilitario para el cumplimientos de los objetivos curriculares.  Sí, lo objetivos curriculares, los mismo  que conllevan una serie de parámetros sistemáticos que dejan muy poco espacio para la espontaneidad y el libre disfrute.  Es así como el sistema se apropia de el fin en sí mismo, que es la literatura, y lo convierte un medio para el cumplimiento de sus propósitos. 

¿Qué ocurre, entonces? La literatura ya no tiene permiso para deleitar a su manera; no es que no deba deleitar, lo ideal es que así sea, pero debe deleitar según los criterios del sistema. También, se cohíbe la expresión de su naturaleza multiforme; ahora debe orientarse a los propósitos del programa. El repertorio literario, tan diverso y adaptable a los gustos, debe circunscribirse al listado preestablecido. ¡Qué aburrida se ha vuelto la literatura! 

Sin embargo, quienes la conocen saben que no es así, que la literatura es, en esencia, disfrutar, sentir, soñar, imaginar, conocer, descubrir ¡Pasarla bien… fenomenal! Es, en definitiva, una puerta abierta hacia el infinito. Pero, ¿cómo conocerla libremente cuando tienes a un sistema chaperón entrometiéndose? 

Es necesario asimilar que los objetivos primordiales del estudio literario son la exploración y el disfrute. La cognición académica ocurrirá, por supuesto, como un efecto colateral inevitable. Todo conocimiento es una fuente referencial inagotable; una vez que se conoce el texto, lo más probable es que te interese conocer el autor, su época, su movimiento, así como las características estructurales de la obra. Pero primero, lo primero; primero el texto, el protagonista.