Por Damary Santos Francisco

05 de octubre, 2021

¿Cómo vas a tener un slogan como el de «la libertad es la esclavitud» cuando el concepto de libertad no exista? Todo el clima del pensamiento será distinto. En realidad, no habrá pensamiento en el sentido en que ahora lo entendemos. La ortodoxia significa no pensar, no necesitar el pensamiento. Nuestra ortodoxia es la inconsciencia.1984, George Orwell

Días atrás releí 1984, de George Orwell, y, como suele ocurrir con las obras que encierran ideas imperecederas, es normal continuar econtrando en ella referentes de la realidad, la del pasado y la del presente.

En los tiempos que corren también se aboga por la «neolengua». Las corrientes ideológicas ─diferentes intentos e imposiciones de Gran Hermano─ se esfuerzan por conseguir la supresión del léxico y la morfología convencional, o insisten en incluir nuevas formas de expresión, según el interés perseguido en cada caso.

Algunos se mofan de quienes pretenden tales cambios, tachándolos de absurdos y medalaganarios. Sin embargo, se sabe que una de las propiedades de la lengua es la arbitrariedad; las palabras nacen y mueren en un acto de conceptualización asumido por un grupo o por la mayoría, y una vez que se acepta, esa palabra se constituye en artífice del pensamiento y, por ende, de la realidad. La realidad está en la mente.

Al igual que en la obra de Orwell , hoy día también se implementan la represión y las sugestión para tratar de imponer la nueva lengua: si comulgas, estás a la vanguardia, eres de mente abierta y socialmente aceptado; si te opones, eres retrógrada, mereces el rechazo social. Sí, reforzamientos positivo y negativo; muy efectivo en un mundo hambriento de adulación y aceptación. Tampoco nos libramos de la dictadura de las sutilezas, un constante aluvión de estímulos audiovisuales.

En esta reflexión no me detengo a considerar si estos cambios son convenientes o no, o ─como diría Winston─ estoy pensando en el cómo, no en el por qué. Lo que ocupa mis pensamientos en este punto es la enorme relevancia que tienen las palabras que seleccionamos, las que implementamos, las que aceptamos o rechazamos, porque ellas están creando, constantemente, patrones de pensamiento que derivan en una nueva realidad.

La conciencia percibe el potencial de cada transición de significados, por eso la primera reacción es la resistencia, incluso si los cambios conllevan mejoras. Solo la comprensión [o la asunción] tranquilizan. Nótese, por ejemplo, lo difícil que se hace implementar nuevas normativas lingüísticas; una resistencia que puede implicar tanto la dificultad para la readaptación expresiva, como la oposición o el cuestionamiento a las nuevas concepciones y su correspondiente efecto sobre la realidad. Sí, la conciencia intuye el poder de las palabras; por eso se resiste… o las reclama.