La mirada sombría de Mary Shelley: Ciencia, muerte y el horror en Frankenstein

Por Gladis Rachel Acosta Soto

«Si seres hermosos eran desdichados, no era de extrañar que yo, criatura imperfecta y solitaria, también lo fuera». Con esta frase tan significativa nos adentramos en el oscuro, pero intrigante, mundo de Frankenstein o el moderno Prometeo (1818), de Mary Shelley. Texto perteneciente al llamado Romanticismo del siglo XIX, pero tú, lector, te preguntarás… ¿Qué tan romántica podría ser una novela cuyo eje central es el terror, la melancolía y el misterio, y en la que se nos narra la creación de un ser a partir de trozos de cadáveres? Cuando leemos términos como «romanticismo» y «misterio» en una misma página, las dudas se apoderan de nuestro ser y esta idea nos resulta hasta descabellada; pero en ellas existe una relación muy estrecha..

El Romanticismo, como movimiento literario, mezcla diversos temas en cuanto al ser individual y al «yo» frente a un mundo que se percibe como injusto y limitante; por ello, temas como la melancolía y el misterio encajan a la perfección. El ser humano, en todas sus manifestaciones, está rodeado de misterios. Desde una perspectiva social, la melancolía ha formado parte de nuestra sociedad desde tiempos muy antiguos; además, también puede ser una fuente de inspiración y creatividad. «Grandes artistas, escritores y músicos han encontrado en ella un canal para expresar sus emociones más profundas y capturar la esencia de la condición humana. A través de la melancolía, se puede encontrar belleza en la tristeza y una conexión íntima con nuestra propia vulnerabilidad». 1

Todas las creaciones tienen un génesis, y el génesis de Frankenstein lleva por nombre “Víctor Frankenstein”; hombre intelectual, científico, creador de este monstruo tétrico y nostálgico, que con una obsesión enfermiza empieza a experimentar, Este no solo estaba obsesionado con hallar esa forma de burlar a la muerte, sino que se creía que podría beneficiar a la humanidad debido a su <<nuevo humano>>. Los resultados no positivos de los experimentos científicos también forman parte de este escrito, y eso lo podemos notar en el título de nuestro texto, “Prometeo moderno” donde se nos habla de la idea enferma de los científicos de dicha época, se creían Dios y creían que podrían burlar la muerte.


“La búsqueda por el conocimiento constante, lo conducen a la creación de la criatura que en un principio es pensada como humana y perfecta.” 2

¿Resultó difícil para Shelley la creación de un personaje con características monstruosas para esta joya literaria? ¿Qué tan novedoso fue, para la literatura del siglo XIX, incluir este recurso para embellecer y darle vivacidad al escrito?

Estas preguntas dejan una brecha determinante para el entendimiento del mismo texto. Los monstruos en la literatura han jugado un papel sumamente importante dentro del mundo de la ficción; aportan creatividad, ilusión y ese sentimiento de oscuridad que cautiva a los lectores. La posibilidad de que exista un «monstruo» en un relato de naturaleza realista, donde se mezclan temas como la vida, la muerte, el rechazo social y el uso correcto de la ciencia, fue algo muy novedoso para la época en la que se escribió la historia, lo que le otorga una visibilidad y una notoriedad puntuales.

Los monstruos nunca han sido percibidos como «humanos», aunque su fisonomía sea muy similar a la de un ser humano. Frankenstein no fue la excepción: con una apariencia física terrorífica, que despertaba un sentimiento de melancolía y oscuridad, el rechazo hacia aquello que lo representaba físicamente lo hizo sentirse excluido del mundo exterior, de ese mundo al que, por más que quisiera pertenecer, no lo percibía como un ente social.

“Lo que te pido es razonable y justo; te exijo una criatura del otro sexo, tan horripilante como yo: es un consuelo bien pequeño, pero no puedo pedir más, y con eso me conformo. Cierto es que seremos monstruos, aislados del resto del mundo, pero eso precisamente nos hará estar más unidos el uno al otro. Nuestra existencia no será feliz, pero sí inofensiva, y se hallará exenta del sufrimiento que ahora padezco. ¡Creador mío!, hazme feliz; dame la oportunidad de tener que agradecer un acto bueno para conmigo; déjame comprobar que inspiro la simpatía de algún ser humano; no me niegues lo que te pido.3

Reforzando mi argumento anterior, la necesidad insistente de Frankenstein de validación social lo llevaba a implorarle a quien llamaba «creador mío» la creación de un ser parecido a él (en lo que físicamente concierne), para que su sufrimiento fuese más llevadero. Con la presencia de otra persona parecida a Frankenstein, su soledad se vería radicalizada y aquello que lo hacía sentirse inferior a los demás ya no sería algo tan poco común; y son esas cosas las que, como lectora, hacen que abrace cálidamente este escrito.

La convivencia social ha sido fundamental para el desarrollo del ser humano, y Shelley lo plantea a la perfección en esta magnífica obra. ¿Será que, conviviendo con seres humanos muy similares a nosotros, nuestras desgracias serían más llevaderas? ¿Será que, con esto, nos sentiríamos más acordes con lo que nos rodea? Todo esto se plantea en El moderno Prometeo, dejándonos claro que las costumbres sociales son pilares esenciales en el desarrollo de cualquier ser humano.

Un recurso muy utilizado en las obras pertenecientes al Romanticismo del siglo XIX es la descripción: de forma subjetiva, los escritores expresaban su más recóndito pensar. De igual modo, lo sublime y lo exótico eran muy admirados y se les daba una tonalidad oscura, la cual se reforzaba con escenarios tétricos, como paisajes turbulentos o tormentosos, cementerios y elementos poco creíbles (o sobrenaturales), que aportan melancolía y hasta terror; y todo esto se hacía tomando en cuenta la época. Mary Shelley, en su escrito, agotó este recurso a la perfección. Con narraciones descriptivas, se nos da una ilusión óptica de nuestro Frankenstein; con minuciosidad se narran las características que adornan su profanado, pero aún viviente, cuerpo.

“Sus miembros estaban bien proporcionados y había seleccionado sus rasgos por hermosos. ¡Hermosos!: ¡santo cielo! Su piel amarillenta apenas si ocultaba el entramado de músculos y arterias; tenía el pelo negro, largo y lustroso, los dientes blanquísimos; pero todo ello no hacía más que resaltar el horrible contraste con sus ojos acuosos, que parecían casi del mismo color que las pálidas órbitas en las que se hundían, el rostro arrugado, y los finos y negruzcos labios”. 4

Me faltarían páginas para seguir desglosando las genialidades halladas en esta magnífica obra, la cual marcó un antes y un después en la literatura gótica, dejando un gran camino literario por recorrer y siendo precursora de obras como El extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde, de Robert Louis Stevenson (1886).

El infortunio desenlace de nuestro personaje principal, Víctor Frankenstein (la muerte solitaria y cargada de un cansancio físico y emocional), no es más que la consecuencia de su obsesiva y cruel creación. Sus deseos se interpusieron ante su razón: la creación de un ser por medio de la ciencia le daba cierto sentimiento de pertenencia, y esto incluso se ha comparado con la creación de Dios de seres como Adán y Eva.

La reflexión final de esta obra debe tomarse muy en cuenta; una reflexión que debe hacernos descender del pensamiento temerario de que, si hacemos aquellas cosas que tanto anhelamos, las consecuencias de nuestros actos pasan a un segundo plano. El inicio y el final nos dicen varias cosas; entre ellas, que todo lo que empieza mal, del mismo modo culmina. Aquello que le dio sentido a la vida de Víctor (tanto en el ámbito personal como en el profesional) fue lo que lo terminó matando. A eso le llamo ironías de la vida.

A modo de conclusión, los aspectos hallados en esta obra solo denotan cuán creativa y capaz puede ser una persona a pesar de su edad; Mary solo tenía dieciocho años (18) al momento de escribirla, lo que demuestra que la creación literaria no es solo cosa de la edad, sino de la manera en que ves las cosas y de cómo tu cerebro se desprende y llega a su máxima capacidad de crear: en aquellas páginas en blanco, páginas vacías, sin alma y sin nada que las haga valerosas.

Mary encontró la manera de externar aquello de lo que poco se habla y que es más seguro de lo que creemos: la melancolía, la muerte y sus distintas manifestaciones.

Referencias

  1. Cortés, C. B. (2012, 17 de agosto). La melancolía desde una perspectiva psicológica. Poïesis | Clínica Integral de Psicología & Psicoanálisis. ↩︎
  2. Luna, A. (2018, 29 de julio). La figura del monstruo y la belleza corrompida en Frankenstein o el moderno Prometeo [Ensayo]. ↩︎
  3. (Shelley, 1818, cap. 9, p. 115). ↩︎
  4. (Shelley, 1818, cap. 4, p. 41) ↩︎

Deja un comentario