ARTE

Oscar Wilde: un lamento por la belleza perdida

El siguiente fragmento proviene de una charla ofrecida por Oscar Wilde a los alumnos de arte de la Real Academia en Westminster, el 28 de junio de 1883. En él, Wilde lamenta la pérdida de la belleza exterior en el mundo moderno, señalando que los artistas ya no están rodeados por los entornos majestuosos del pasado. Critica la arquitectura contemporánea —en especial la de Londres— por su falta de proporción y encanto. Según él, la ciudad moderna, con sus edificios monótonos y su paisaje urbano poco inspirador, contrasta drásticamente con la estética clásica que alguna vez predominó.

Acaso me dirán que la belleza exterior del mundo se ha alejado casi totalmente de nosotros, que el artista no vive ya en medio del magnífico ambiente que, en tiempos pretéritos, era la herencia natural de cada cual, y que el arte es muy difícil en nuestra ciudad feísima, donde, cuando váis a vuestro trabajo por la mañana o cuando volvéis de él por la noche, tienen que cruzar calles de la más necia arquitectura que haya visto jamás el mundo; arquitectura en la que toda adorable forma griega esta profanada y deshonrada, reduciendo las tres cuartas partes de Londres a no ser mas que unos bloques cuadrados de las más viles proporciones, tan alargadas que resultan feas y tan pobres como pretenciosas, con la puerta del vestíbulo siempre de un color inadecuado y las ventanas de un tamaño también inadecuado, y donde, hasta cuando están cansados de mirar las casas y os vuelven hacia la propia calle, únicamente pueden ver sombreros de tubo, hombres-sandwiches, buzones escarlata, y eso a riesgo de ser aplastado por un ómnibus verde esmeralda.

¿No es difícil el arte –me dirán– en semejante ambiente? Evidentemente, lo es; pero el arte no fue nunca, por lo demás, fácil. Ustedes mismos no querrían que fuera fácil, y, además, no merece la pena de hacerse más de lo que el mundo llama imposible.

Sin embargo, no esperarán que se les conteste con una paradoja. ¿Cuáles son las relaciones del artista con el mundo exterior, y cuál es el resultado que para ustedes representa la pérdida de un ambiente magnífico? Es esta una de las más importantes cuestiones del arte moderno; no hay punto sobre el que insista tanto Ruskin como sobre la decadencia del arte originada por la decadencia de las cosas bellas; y que cuando el artista no puede nutrir su mirada de belleza, la belleza se aleja de su trabajo.

Recuerdo una de sus conferencias, donde, después de haber descrito el aspecto sórdido de una gran ciudad inglesa, nos trazó el cuadro de lo que era el ambiente artístico en otro tiempo. –Piensen, –nos dijo con frases galanas y pintorescas, cuya belleza sólo débilmente puedo reflejar– piensen en el cuadro que se ofrecía por sí mismo a un dibujante de la escuela gótica de Pisa, Nicolo Pisano, o a cualquier otro de sus discípulos, durante su paseo de la tarde:

A cada lado de un límpido río veía levantarse una fila de palacios deslumbrantes, de arcos y pilares numerosos, incrustados de pórfido rojo y de ofita; a lo largo de los muelles, ante sus puertas, cabalgaban grupos de caballeros, nobles por el rostro y la estatura, con la coraza y el casco resplandecientes; caballo y hombre eran un laberinto de colores singulares y de luz cegadora; las franjas purpúreas, plateadas y escarlatas flotaban sobre los recios miembros y sobre la cota de malla tintineante como olas sobre unas rocas a la puesta del sol, donde, sobre cada orilla del río, había jardines, patios y claustros; largas filas de pilares blancos entre guirnaldas de viñas; fuentes brotando en medio de granadas y naranjos; y asimismo, a lo largo de las avenidas de los jardines, y bajo la sombra carmesí de los granados, moviéndose despaciosamente, grupos de las más bellas mujeres que en Italia hayan nacido nunca (las más bellas por ser las más puras y cuidadosas); instruidas en todo elevado conocimiento, como en todo arte amable, en danza, en canto, en fino ingenio, en alta ciencia, en valentía más alta aún y en el amor más elevado, capaces a un mismo tiempo de deleitar, de encantar y de salvar el alma de los hombres.

Por encima de todo ese paisaje de perfecta vida humana, una cúpula rosada y un campanario; más allá de la cúpula y el campanario, las laderas de las colinas majestuosas, blancas, de olivos; encima, en la lejanía, al norte, el mas purpúreo de las cimas de los Apeninos solemnes, las montañas claras y escarpadas de Carrara, erguían sus cumbres marmóreas, como llamas rígidas en el cielo de ámbar; el amplio mar mismo, ardiente por su derroche de luz, extendiéndose desde sus plantas hasta las islas Gorgonas, y por encima de todo esto, siempre presente, de cerca o de lejos, entrevisto a través de las hojas de la viña, o reflejado con todo su cortejo de nubes en las aguas del Arno, o aproximando sus azules simas a la dorada cabellera y a las ardientes mejillas de la dama y del caballero, aquel cielo puro y sagrado que fue en realidad para todos los hombres, en aquellos días de ingenua fe, la morada indubitable de los espíritus, así como la Tierra era la de los hombres, y que se abría directamente por sus puertas de nubes y sus velos de rocío en la solemnidad del mundo eterno; un cielo en el cual toda nube que pasaba era literalmente el carro de un ángel, y cada rayo de su noche y de su mañana exhalábase del trono de Dios. ¿Qué les parece esto como escuela de dibujo?