La angustia puede compararse muy bien con el vértigo. A quien se pone a mirar con
los ojos fijos en una profundidad abismal le entran vértigos. Pero, ¿dónde está la causa de
tales vértigos? La causa está tanto en sus ojos como en el abismo. ¡Si él no hubiera mirado
hacia abajo! Así es la angustia el vértigo de la libertad; un vértigo que surge cuando, al
querer el espíritu poner la síntesis, la libertad echa la vista hacia abajo por los derroteros de
su propia posibilidad, agarrándose entonces a la finitud para sostenerse. En este vértigo la
libertad cae desmayada. La Psicología ya no puede ir más lejos, ni tampoco lo quiere. En
ese momento todo ha cambiado, y cuando la libertad se incorpora de nuevo, ve que es
culpable. Entre estos dos momentos hay que situar el salto, que ninguna ciencia ha
explicado ni puede explicar. La culpabilidad del que se hace culpable en medio de la
angustia es ambigua hasta más no poder. La angustia es una impotencia femenina en la que
se desvanece la libertad. La caída, hablando en términos psicológicos, siempre acontece en
medio de una gran impotencia. Y, además, la angustia es una de las cosas que mayor
egotismo encierra. En este sentido ninguna manifestación concreta de la libertad es tan
egotista como la posibilidad de cualquier concreción. Ésta es, una vez más, la opresión que
trae consigo el comportamiento ambiguo del individuo, su situación de simpatía y antipatía
simultáneas. En la angustia reside la infinitud egotista de la posibilidad, la cual no le tienta
a uno como una elección que haya que hacer, sino que le angustia seduciendo con su dulce
ansiedad.


Søren Aabye Kierkegaard, (Copenhaguen, 1813-1855) 

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